jueves, 7 de julio de 2016

Ryunosuke Akutagawa - Vida de un loco

Vida de un loco
por Ryunosuke Akutagawa



a Kumê Masao

Dejo en sus manos la decisión de si este manuscrito debe ser publicado y, por supuesto, cuándo y dónde debería publicarse.

Usted conoce a la mayoría de las personas que aparecen en él. Pero si lo publica preferiría que no tuviera un índice onomástico.

Vivo ahora en una felicidad muy infeliz. Pero, extrañamente, sin remordimientos. Sólo lo lamento por aquellos que me tuvieron como esposo, padre, hijo. Adiós. En el manuscrito no hay, al menos conscientemente, ninguna intención de justificarme.

Por último, le dejo este escrito con el sentimiento de que usted me conoció más que nadie (despojado de la piel de mi yo cosmopolita). Con respecto al loco de este manuscrito, siga adelante y ríase.

20 de junio de 1927
AKUTAGAWA RYÛNOSUKE



1. La época

Era la planta alta de una librería. A los veinte años, él estaba trepado a una escalera de diseño extranjero, apoyado contra los anaqueles, buscando libros nuevos. De Maupassant, Baudelaire, Strindberg, Ibsen, Shaw, Tolstoi…

La penumbra había empezado a imponerse. Pero, febrilmente, él continuó enfrascado en las letras de los lomos de los libros. Ante sus ojos, más que libros, se reunía el 'fin de siècle' mismo. Nietzsche, Verlaine, los hermanos Goncourt, Dostoievski, Hauptmann, Flaubert…

Resistiéndose a la oscuridad, se esforzó por distinguir los nombres. Pero los libros se hundían en las sombras. Sus nervios se tensaron, preparándose a bajar. Una bombilla desnuda, directamente sobre su cabeza, se encendió repentinamente. Encaramado en lo más alto de la escalera, miró hacia abajo. Entre los libros se movían los empleados, los clientes. Raro, qué pequeños se veían. Qué andrajosos.

«La suma de toda la vida humana añade menos de una línea a Baudelaire».

Durante un tiempo, desde la cima de la escalera, los había estado observando.



2. Madre

Los locos estaban todos vestidos igual con quimonos grises. Eso hacía más deprimente la enorme habitación. Uno de ellos estaba ante el órgano, interpretando himnos con fervor. Otro, de pie en el medio de la habitación, no, no podemos llamar a eso bailar, brincaba.

Con un médico saludable y animoso él miraba. Su madre, diez años antes, no había sido diferente en nada. En nada… el olor de ellos era el olor de su madre.

—Bien, vámonos.

Con el médico a la cabeza, bajaron a una habitación desde la sala. En un rincón, en grandes frascos de vidrio y flotando en alcohol, había una cantidad de cerebros. Encima de uno de ellos, pudo distinguir un manchón blanco. Algo semejante a la clara de un huevo. Mientras hablaba con el médico, otra vez cruzó por su mente la imagen de su madre.

—El hombre al que pertenecía este cerebro trabajaba para una empresa eléctrica, era ingeniero.

Solía creerse una enorme dínamo, que irradiaba luz negra.

Eludiendo los ojos del médico, miró a través de la ventana. Nada. Sólo una pared de ladrillos, el alféizar sembrado de frag mentos de botellas. Parches de musgo delgado. Blanco.



3. Hogar

En una habitación del segundo piso de los suburbios dormía y despertaba. Tal vez los cimientos eran débiles, el segundo piso parecía inclinarse un poco.

En ese segundo piso él y su tía discutían constantemente. Tampoco existió un periodo en que sus padres adoptivos no tuvieran que intervenir. Y sin embargo, era a su tía a quien quería más que a cualquier otra persona. Había estado sola toda la vida, y tenía casi sesenta años cuando él tenía veinte.

En esa habitación de los suburbios del segundo piso, lo perturbaba que todos los que se amaban entre sí se causaran mutua desdicha. Sintiéndose mareado por la inclinación del cuarto.



4. Tokio

El río Sumida henchido bajo las nubes. Mirando los cerezos de Mukojima por la ventanilla de la lancha de vapor en movimiento. En plena floración los capullos a sus ojos una fila de andrajos, triste. En los árboles… que se remontaban a la época de Edo. En los cerezos de Mukojima, viéndose a sí mismo.



5. Yo

Con un graduado, sentado a una mesa de café, fumando un cigarrillo tras otro. Apenas si abría la boca. Pero escuchaba atentamente las palabras del graduado.

—Hoy pasé la mitad del día andando en auto.
—¿Por trabajo, supongo?
—¿Eh?… simplemente tenía ganas.

Esas palabras le abrieron un mundo desconocido… próximo a los dioses, el reino del Yo. Era doloroso. Y extático.

El café estaba atestado. Bajo una pintura del dios Pan, en un tiesto rojo, un gomero. Sus hojas carnosas. Mustias.



6. Enfermedad

En una brisa marina sin ningún freno, el gran diccionario inglés abierto de par en par, sus dedos buscando palabras.

TALARIA: Botas, sandalias aladas.
TALE: Narración.
TALIPOT: Palmera de las Indias Orientales. Altura entre 15 y 30 m. Hojas usadas para hacer sombrillas, abanicos, sombreros. Florece una vez cada setenta años.

Su imaginación proyectó vívidamente la flor de la palmera. Mientras lo hacía advirtió una picazón en la garganta. A pesar suyo, la flema goteó sobre la página. ¿Flema?… pero no era flema. Pensando en la brevedad de la vida, conjuró una vez más la flor de la palmera. Sobre el mar remoto, en el aire, remontándose en su ascenso, la flor.



7. Pintura

De inmediato quedó impresionado. Parado ante una librería mirando una colección de pinturas de Van Gogh, sintió el impacto. Eso era pintar. Por supuesto, los Van Gogh eran tan sólo reproducciones fotográficas. Pero aun así, pudo sentir en ellas un yo que afloraba intensamente en la superficie.

La pasión de esas pinturas renovó su visión. Ahora veía las ondulaciones del ramaje de un árbol, la curva de la mejilla de una mujer.

Un encapotado crepúsculo de otoño, fuera de la ciudad, había cruzado por un paso subterráneo. Allí al otro lado del terraplén había un carro. Mientras pasaba junto a él tuvo la sensación de que alguien había pasado antes por allí. ¿Quién?… Ya no tenía necesidad de preguntarlo. En su mente de veintitrés años, una oreja cortada, un holandés, en su boca una pipa de larga boquilla, clavaba sobre el sombrío paisaje su mirada penetrante.



8. Chispas

La lluvia empapaba, hollando asfalto. La lluvia feroz. Bajo el diluvio aspiró el olor del abrigo de caucho.

Ante sus ojos un cable eléctrico aéreo lanzó chispas violeta. Extrañamente se sintió conmovido. Metido en el bolsillo de su chaqueta, para ser publicado en la revista grupal, su manuscrito. Caminando una vez más bajo la lluvia, se volvió para ver una vez más el cable eléctrico.

Emitía infatigable sus chispas como púas. Aunque evaluó toda la existencia humana, no había en ella nada especial que valiera la pena tener. Pero esos capullos de fuego violeta… esos formidables fuegos artificiales en el cielo… hubiera dado la vida por tenerlos en sus manos.



9. Cadáver

De un alambre delgado sujeto al pulgar de cada cadáver pendía una tarjeta. En ella se consignaba un nombre, una fecha. Su amigo, inclinado sobre uno de los cuerpos, empezó a despellejar la piel de la cara. Debajo de la capa de piel la grasa era de un amarillo adorable.

Miró fijamente el cadáver. Para un cuento suyo… sin duda, para dar autenticidad a la atmósfera de un cuento de la época dinástica siguió mirando. Pero el hedor, como de duraznos podridos, era nauseabundo. Su amigo, frunciendo el entrecejo, siguió trabajando silenciosamente con el escalpelo.

—Últimamente resulta difícil conseguir cadáveres.

Había dicho su amigo. Antes de advertirlo, su respuesta ya estaba preparada… «Si me hiciera falta un cadáver, sin ninguna mala intención, cometería un asesinato». Pero, por supuesto, la respuesta sólo se enunció en su cabeza.



10. Mentor

Bajo un gran roble leía el libro de su mentor. Bajo el sol de otoño el roble no movía ni siquiera su hoja más diminuta. Allá en el remoto cielo un par de platillos de vidrio pendían de una balanza, en perfecto equilibrio… Leyendo el libro de su mentor, imaginó la escena…



11. Fin de la noche

Lentamente rompía el alba. Se encontró en una esquina de alguna parte mirando la amplia plaza de un mercado. En la plaza del mercado convergían personas, carros, todo teñido de un suave rosado.

Encendiendo un cigarrillo, se aproximó discretamente al centro del mercado. Mientras avanzaba, un flaco perro negro ladró. Pero no sintió miedo. Hasta para el perro había amor.

En el centro del mercado, un bananero, sus ramas extendidas ampliamente en todas direcciones. De pie junto a la raíz miró a través de la trama de las ramas el alto cielo. En el cielo justo arriba de su cabeza centelleaba una estrella.

Sus veinticinco años… hacía tres meses que había conocido a su mentor.



12. Base naval

El interior del submarino era penumbroso. Rodeado de maquinarias, estaba inclinado atisbando en una pequeña lente. La escena del puerto que se reflejaba en la lente estaba brillantemente iluminada.

—Probablemente podrá ver al Kongo allá afuera.

Un oficial naval le hablaba. Observando una parte de la nave de guerra en la lente cuadrada no supo por qué se encontró pensando en el perejil de Holanda. Incluso sobre una mínima porción de carne de 30 sen. En su fragancia apenas perceptible.



13. Muerte del mentor

En el viento rezagado tras la lluvia él caminaba por el andén recién construido. Cielo sombrío. Más allá del andén cantando en tono agudo tres o cuatro obreros ferroviarios alzaban y dejaban caer sus mazas.

El viento poslluvia rasgaba el canto de los obreros y hacía jirones sus sentimientos. Con el cigarrillo apagado, su angustia estaba próxima a la exaltación. Mentor en estado crítico, el telegrama hecho un bollo en el bolsillo de su abrigo…

Detrás de la montaña de pinares el largo tren de las seis con destino a Tokio, su humo pálido muy bajo, serpenteante, se acercaba.



14. Matrimonio

Ya al día siguiente de su matrimonio, «De inmediato empiezas a malgastar el dinero», criticaba a su reciente esposa. Aunque en realidad la queja no era tanto suya sino de su tía. Ante él, por supuesto, pero también ante su tía, su esposa bajó la cabeza pidiendo disculpas. Un cuenco de narcisos amarillos, que él le había regalado, frente a ella.



15. Ellos

Vivían en paz. A la expansiva sombra de las hojas de un enorme árbol de bashô… Incluso por tren, a más de una hora de Tokio, en una casa de una ciudad de la costa. Por eso.



16. Almohada

Reclinado sobre el escepticismo con aroma a pétalos de rosas, leía un libro de Anatole France. Que incluso una almohada así pudiera alojar a un centauro era algo de lo que él no parecía darse cuenta.



17. Mariposa

En un viento que apestaba a lentejas de agua, apareció una mariposa. Sólo por un instante sintió sobre sus labios secos el roce de las alas. Pero años después, sobre sus labios, el polvo que las alas dejaron grabado aún centelleaba.



18. Luna

En cierto hotel, subiendo la escalera, se cruzó con ella. A la tarde su rostro parecía iluminado por la luna. Siguiéndola con la mirada (no eran ni siquiera conocidos que podían saludarse con una inclinación de cabeza), sintió una soledad como nunca había experimentado…



19. Alas hechas por el hombre

De Anatole France pasó a los filósofos del siglo XVIII. Pero evitó a Rousseau. Un aspecto de su naturaleza… un aspecto fácilmente dominado por la pasión, estaba tal vez demasiado próximo a Rousseau. El otro… el aspecto dotado de un intelecto helado, lo acercaba al autor de Candide.

Veintinueve años de existencia humana le habían ofrecido poca iluminación. Pero Voltaire al menos lo equipó de alas artificiales.

Desplegando esas alas hechas por el hombre, se remontaba con facilidad hacia el cielo. Empapado por la luz de la razón, la alegría y el pesar humano se hundían bajo sus ojos. Sobre sórdidas ciudades, dejando caer la burla y la ironía, se elevaba hacia el espacio despejado, encaminándose directamente al sol. Lo mismo que con alas hechas por el hombre, derretidas por el resplandor del sol, había lanzado al mar a un antiguo griego, muerto. Parecía haberlo olvidado…



20. Ataduras

Se acordó de que él y su esposa compartirían el mismo techo con sus padres adoptivos. Eso se debía a que él había sido contratado por cierto editor. Había dependido absolutamente de las palabras del contrato, escritas en una única hoja de papel amarillo. Pero más tarde, mirando el contrato, se hizo evidente que el editor no estaba obligado a nada. Todas las obligaciones eran de él.



21. Loca

Dos rickshaws bajo un cielo encapotado avanzaban por un camino rural despoblado. Una brisa marina indicaba que el camino conducía al mar. En el rickshaw de atrás, intuyendo su absoluta falta de interés en la cita, se preguntó qué lo impulsaba. De ninguna manera el amor. Entonces, si no era el amor… cómo evitar responder «al menos somos parecidos». Eso no podía negarlo.

En el rickshaw de adelante iba una loca. No sólo eso. Su hermana, por celos, se había suicidado.

«No hay salida».

Esta loca… esta mujer impulsada por el instinto animal lo colmaba de aversión. 

Los rickshaws bordearon un cementerio, que hedía a costa. Una cerca de valvas de ostra incrustadas. Adentro, ennegrecidas lápidas. Mirando el mar más allá de las tumbas, un vago resplandor. De repente por el esposo de ella… por ese esposo incapaz de conseguir su amor, desprecio.



22. Un pintor

Era una ilustración de revista. Pero un gallo en blanco y negro que expresaba inconfundible individualidad. Le preguntó a un amigo por el pintor.

Más o menos una semana más tarde el pintor lo visitó. Fue uno de los acontecimientos de su vida. Descubrió en el pintor una poesía desconocida para cualquiera. Y más, descubrió un alma de la que ni siquiera el mismo pintor era consciente.

Un helado anochecer de otoño, en un solitario tallo de maíz vio al pintor. Alto, armado con agresivas hojas, desde el suelo sus raíces como delgados nervios, expuestas. Era, por supuesto, un retrato de su propio yo vulnerable. Pero el descubrimiento sólo lo condujo a la desesperación.

«Demasiado tarde. Pero cuando llegue el momento…».



23. Ella

La plaza oscureciéndose. Su cuerpo febril, caminando alrededor. Los grandes edificios, tantos, vagos, en el cielo plateado las luces eléctricas de las ventanas en las ventanas enrojecidas.

Se detuvo en el cordón para esperarla. Unos cinco minutos después, con aspecto extrañamente demacrado, ella se acercó a él. Viendo su rostro, «Nada, sólo cansancio». Ella sonrió. Lado a lado, caminaron por la plaza en penumbras. Era la primera vez que estaban juntos. Por estar con ella, él sentía que daría cualquier cosa.

Más tarde, en un taxi, ella lo miró directamente a la cara. «¿Y no te arrepentirás?». Él respondió escuetamente. «Ningún arrepentimiento». Oprimiéndole la mano, ella dijo: «No me arrepentiré, pero…». También en ese momento su rostro parecía iluminado por la luna.



24. Parto

Merodeando junto a la puerta corrediza, miraba a la partera vestida de blanco que restregaba al bebé rojo. Cada vez que le entraba jabón en los ojos el bebé hacía una mueca lastimera. Peor, chillaba constantemente. Olía como un ratón. A él las preguntas lo roían todo el tiempo…

«¿Por qué vino a este mundo? A este mundo de desdicha. ¿Por qué le tocó la carga de un padre como yo?».

Y era el primer bebé de su esposa. Un varón.



25. Strindberg

De pie en la entrada, en la luz de la luna color capullo de granada, mirando a los grises chinos que jugaban mah-ong afuera. Volvió a su habitación. Bajo una lámpara tenue empezó a leer 'Le Plaidoyer d’un Fou'. Pero antes de que hubiera leído siquiera dos páginas se descubrió esbozando una sonrisa sardónica… Strindberg no era tan diferente. En las cartas a su amante, la condesa, también él escribía mentiras…



26. Antigüedad

Budas descoloridos, seres celestiales, caballos, flores de loto… casi lo abrumaron. Contemplándolos, se olvidaba de todo. Hasta de su propia suerte al escapar de las manos de la loca…



27. Disciplina espartana

Con un amigo, caminando por una calle lateral. Avanzando directamente hacia ellos, un rickshaw con capota. Totalmente inesperado, en el vehículo, ella, la de anoche. También a la luz del día su cara parecía iluminada por la luna. Con su amigo presente, naturalmente no podía haber ninguna señal de reconocimiento.

—Una belleza.

Comentó su amigo. Él, mirando hacia el punto en el que la calle se topaba con las colinas primaverales, sin poder contenerse.

—Sí, una verdadera belleza.



28. Asesino

Un camino rural al sol, olor de bosta de vaca en el aire. Enjugándose el sudor, él se arrastraba colina arriba. Desde ambos lados, el aroma del trigo fragante y maduro.

«Matar, matar…».

¿Cuánto tiempo había estado repitiendo estas palabras en su cabeza? ¿Matar a quién?… Sabía muy bien a quién. Recordaba a un hombre maligno, con el cabello muy corto.

Trigo dorado. Más allá, una catedral católica romana. Cúpula.



29. Forma

Una botella de vino de metal. En algún momento esa botella de vino finamente grabada le había enseñado la belleza de la forma.



30. Lluvia

En una gran cama con ella, hablando de bueyes perdidos. Más allá de la ventana de la habitación caía la lluvia. En esa lluvia los capullos de amarilis seguramente se pudrían. El rostro de ella ya no parecía atrapado en luz de luna. Pero hablar con ella había empezado a ser cansador. Tendido boca abajo, encendiendo con calma un cigarrillo, se dio cuenta de que los días que había pasado con ella ya sumaban siete años.

«¿Estoy enamorado de esta mujer?».

Se preguntó. Aun para su ser tan dedicado al autoanálisis la respuesta fue una sorpresa.

«Todavía lo estoy».



31. Gran terremoto

El olor no era muy diferente del de los damascos podridos. Caminando a través de las ruinas calcinadas, percibiéndolo vagamente, bajo el cielo ardiente el olor de los muertos no era del todo maligno. Pero mirando los cadáveres amontonados en altas pilas junto al estanque la expresión «me revuelve el estómago» cobra significado preciso. Más conmovedor resulta el cadáver de un niño de doce o trece años. Observándolo, no puede evitar sentir envidia. «Los amados de los dioses mueren temprano». Se le ocurre esa expresión. La casa de su hermana y de su medio hermano incendiada hasta los cimientos, el esposo de su hermana acusado de perjurio, su sentencia suspendida. 

«Mejor que todos estuvieran muertos».

Permanece en las ruinas, la idea persiste.



32. Conflicto

Él y su medio hermano estaban enfrentados. Cierto que a causa de él su medio hermano estaba bajo constante presión. Al mismo tiempo, a causa de su medio hermano, él se sentía atado. La familia no cesaba de azuzar al medio hermano para que lo siguiera. Estar al frente no era diferente de estar atado de pies y manos. Enzarzados en lucha, ambos cayeron del porche. En el patio donde cayeron, lilas de la India… todavía hoy puede verlas… bajo un cielo cargado de lluvia. Destellos de flores escarlata.



33. Héroe

¿Cuánto tiempo había pasado mirando por la ventana de la casa de Voltaire, sus ojos clavados en la imponente montaña? Arriba, en la cumbre helada, no se veía siquiera la sombra de un cóndor. Sólo el ruso retacón que ascendía obstinadamente la ladera.

Después de que la oscuridad hubo encerrado la casa de Voltaire, bajo una lámpara brillante empezó a componer un poema. En su cabeza emergía la figura del ruso que trepaba la montaña…

Más que nadie tú
respetaste el Decálogo,
más que nadie tú
violaste el Decálogo,
más que nadie tú
amaste a la gente,
más que nadie tú
despreciaste a la gente.
Más que nadie tú
llameaste con ideales,
más que nadie túconociste lo real.
Tú, nacido del Oriente,
locomotora
eléctrica
con olor a hierba.



34. Color

A los treinta años, durante algún tiempo se había enamorado de un baldío. Un lote lleno de musgo, con ladrillos rotos, fragmentos de tejas. Pero en sus ojos, un paisaje de Cézanne.

Recordó sus pasiones de siete u ocho años atrás. Siete u ocho años atrás, se dio cuenta ahora, no había entendido el color.



35. Maniquí

Para que no le importara cuándo moriría, su deseo era vivir una vida intensa. Pero en realidad su vida era una constante deferencia a sus padres adoptivos y a su tía. Esa sumisión formaba tanto la luz como la sombra de su ser. Estudió el maniquí del escaparate de la sastrería, curioso por ver hasta qué punto él se le parecía. Al menos, conscientemente… Su otro yo ya había resuelto la cuestión. En un cuento.



36. Tedio

Con un estudiante universitario caminaba por un campo de altos penachos de hierba.

—Todavía sientes un intenso apetito por la vida, ¿verdad?
—Así es… y también tú…
—Yo no. Sólo el deseo de trabajar.

Así era cómo se sentía. Ya hacía mucho que había perdido todo interés por la vida.

—Pero el deseo de trabajar y el deseo por la vida… ¿no son lo mismo?

Él no respondió. En el campo de penachos de hierba rojiza, un volcán. La feroz montaña despertó en él cierta envidia. Pero no sabía decir por qué…



37. El norteño

Conoció a una mujer que era su par intelectual. Sólo escribiendo poesía, como «El norteño», logró evitar una crisis. Era doloroso, como contemplar la nieve escarchada y centelleante gotear del tronco de un árbol.

Sombrero de junco arremolinado por los vientos,
caído en el camino,
¿a quién le importa mi fama?
La que importa es la tuya.



38. Venganza

Entre árboles en retoño, la veranda de un hotel. Él dibujaba, para entretener a un niño. Hijo único de la loca con la que había cortado relaciones, siete años atrás.

—Tiene algo tuyo, como ves.
—No, nada. En primer lugar…
—¿Qué? Sabes muy bien, ¿no?… lo de la influencia prenatal.

Él se alejó. En silencio. En lo profundo sentía deseos de estrangular a esa mujer. No podía negar que albergaba en él ese cruel impulso…



39. Espejos

Él y su amigo estaban en el rincón de un café, conversando. Su amigo, comiendo una manzana asada, comentaba el frío reciente, etc. Él, en medio de la charla, de pronto advirtió contradicciones.

—Estás soltero todavía, ¿verdad?
—No. Me caso el mes que viene.

No tenía nada más que decir. En las paredes del café, innumerables espejos reflejaban su imagen. Heladamente. Un poco amenazantes…



40. Catecismo

Atacas el sistema social actual, ¿por qué?

Porque veo los males nacidos del capitalismo.

¿Males? Creía que no discriminabas ente el bien y el mal. En ese caso, ¿qué pasa con tu propia vida?

… La discusión era con un ángel. Impecable. Con sombrero de
seda…



41. Enfermedad

Empezó a sufrir insomnio. Sus fuerzas se agotaban. Una cantidad de médicos diagnosticaron su enfermedad… dispepsia ácida, atonía gástrica, pleuresía seca, postración nerviosa, conjuntivitis crónica, fatiga mental…

Pero él conocía la causa de su enfermedad. Era su sentimiento de vergüenza ante sí mismo, mezclada con el miedo a ellos. Ellos… el público que él despreciaba.

En una tarde nublada por nubes de nieve, en el rincón de un café, un cigarro encendido en la boca, sus oídos inclinados hacia la corriente que fluía hacia él desde el gramófono, la música.

Música extraña, penetrante. Esperó que terminara, después fue hasta la máquina para examinar la etiqueta del disco: 'La flauta mágica'… Mozart

Súbitamente comprendió. Después de todo, el infractor del Decálogo Mozart también sufrió. Pero, Mozart nunca… Su cabeza gacha, en silencio. Volvió a su mesa.



42. Risa de los dioses

A los treinta y cinco años, paseando por un bosquecillo de pinos encendido por el sol de primavera. «Los dioses, pobrecitos, a diferencia de nosotros no pueden matarse». Regresaron las palabras de dos, tres años atrás…



43. Noche

Una vez más caía la noche. En la luz penumbrosa, el salvaje mar estallaba en espuma incesante. Él, bajo ese celo, se casaba por segunda vez con su esposa. Era un júbilo. Y una angustia. Sus tres hijos con ellos, observando los relámpagos a lo lejos. Su esposa, abrazando a uno de los niños, conteniendo las lágrimas.

—Ves el barco allá a lo lejos.
—Sí.
—El barco con el mástil partido en dos.



44. Muerte

Bueno era que estuviera durmiendo solo. Ató una faja a la reja de la ventana. Pero al insertar su cuello en el nudo, el terror a la muerte lo arrasó. El miedo, sin embargo, no era a la agonía de la muerte. En el siguiente intento, tenía en la mano un reloj de bolsillo, para medir el tiempo de la estrangulación. Había sólo un instante de sufrimiento, después todo empezaba a embotarse. Si al menos pudiera cruzar al otro lado, entraría en la muerte. Estudió su reloj. El dolor había durado alrededor de un minuto y
veinte segundos. Del otro lado de la ventana enrejada la oscuridad era total. En la oscuridad, desgarrándola, el canto de un gallo.



45. El diván

El diván le daría una nueva vida. Hasta ahora no había conocido al «Goethe oriental». Con una envidia próxima a la desesperación vio a Goethe de pie en la otra costa, más allá del bien y del mal, inmenso. A sus ojos, el poeta Goethe era más grande que el poeta Cristo. El alma del poeta no alberga solamente a la Acrópolis o el Gólgota. En ella también florece la rosa árabe. Si al menos tuviera la fuerza necesaria para seguir a ciegas los pasos del poeta… Terminado El diván, abatida ya la tremenda excitación, sólo quedó desprecio por sí mismo. Un eunuco congénito.



46. Mentiras

El suicidio del marido de su hermana lo aplastó de inmediato. Ahora se le agregaba la responsabilidad de la familia de su hermana. Le parecía que su futuro tenía el gris de la penumbra. Con una mueca distante, sonriendo ante su propio colapso espiritual (plenamente consciente de todos sus vicios y debilidades), siguió leyendo un libro tras otro. Pero hasta las Confesiones de Rousseau estaban repletas de mentiras heroicas. Y peor aún era La vida nueva de Toson… allí encontró un héroe más taimadamente hipócrita que cualquiera. Sólo Villon conmovía su corazón. En su poesía descubrió belleza masculina.

En sus sueños veía a Villon que esperaba ser ahorcado. Cuántas veces, como Villon, él había deseado caer hasta el fondo de la vida. Pero ni sus circunstancias ni su fuerza física lo permitieron. Consumido poco a poco. Como lo había visto Swift. Un árbol pudriéndose, de la copa para abajo.



47. Jugar con fuego

El rostro de ella resplandecía. Era como la luz del sol matinal sobre el hielo. Ella le gustaba. Pero no era amor. Nunca tocó su cuerpo, ni siquiera un dedo.

—Tratas de morirte, ¿verdad?
—Sí… No. No trato de morirme. Pero estoy harto de vivir.

De esta conversación surgió la resolución de morir juntos.

—Lo llamaremos Suicidio Platónico.
—Doble Suicidio Platónico.

Hasta a él mismo su propia calma le resultó maravillosa.



48. Muerte

Él no murió con ella. No haberla tocado nunca era suficiente gratificación. Ella, como si nada hubiera pasado entre ellos, hablaba con él de tanto en tanto. Le entregó su ampolla de cianuro de potasio, diciéndole «Esto debería inspirarnos».

Era cierto, la ampolla le dio seguridad. En su silla de ratán, sentado solo mirando las hojas nuevas del roble pensó en la quietud. En la muerte.



49. Cisne embalsamado

Gastando la poca fuerza que le quedaba, intentó una autobiografía. Era más difícil de lo que había creído. El engreimiento y el escepticismo y el cálculo de ventajas y desventajas no lo abandonaban. Despreciaba ese yo suyo. Al mismo tiempo no podía evitar pensar: «Si quitamos una capa de piel todo el mundo es igual». 'Dichtung und Wahrheit'… el título de ese libro sería adecuado para todas las autobiografías. Pero él también sabía perfectamente que las obras de literatura no conmovían a muchos. Su propia obra sólo podría gustarles a aquellos cuyas vidas estaban próximas a la suya; fuera de esos lectores no tendría otros… Ése era el sentimiento que predominaba en él. Trataría, concisamente, de escribir su propia 'Dichtung und Wahrheit'.

Después de terminar 'Vida de un loco' vio por casualidad en un negocio de segunda mano un cisne embalsamado. Estaba allí con su cuello erguido, sus alas amarillentas, apolillado. Recordando toda su vida, lo embargó un súbito acceso de lágrimas y heladas carcajadas. Frente a él se cernía la locura o el suicidio. En el crepúsculo caminó por la calle solo, decidido, pacientemente, a esperar su destino, la destrucción que lentamente se acercaba.



50. Cautivo

Uno de sus amigos enloqueció. Siempre había sentido hacia él una afinidad peculiar. Debido al aislamiento… porque conocía el aislamiento oculto tras una máscara de alegría y desenfado. Después que su amigo enloqueció, fue a visitarlo dos o tres veces.

—Tú y yo estamos poseídos por un demonio. El demonio 'fin de siècle', eh.

De esas cosas hablaba su amigo, su voz en un susurro. Pero varios días más tarde, se enteró por terceros: su amigo, en camino hacia una fuente termal, había empezado a comer rosas. Después de que su amigo fue internado en un manicomio él recordó el busto de terracota que le había regalado una vez. Era el busto del autor de Inspector general, tan amado por su amigo. Recordando que Gogol también había muerto loco, no pudo evitar sentir que algún poder los controlaba a ambos.

Enfermo y exhausto, leyendo las últimas palabras de Radiguet, escuchó una vez más la risa de los dioses… «Los soldados de Dios vienen a apresarme». Desesperadamente trató de luchar contra su superstición y su sentimentalismo. Pero era físicamente incapaz de llevar adelante la batalla. Era cierto, «el demonio del fin de siglo» seguía atormentándolo. Cómo envidiaba a los de la Edad Media con su fe en Dios. Pero creer en un Dios… creer en el amor de un Dios, era imposible. ¡Ni siquiera en el Dios de Cocteau!



51. Derrota

La mano que empuñaba la pluma había empezado a temblar. Babeaba. Su cabeza sólo tenía alguna claridad después de una dosis de ocho miligramos de Veronal. Y entonces, sólo por media hora o una hora. En esta semioscuridad día a día vivía. El filo mellado, una espada muy delgada como bastón.

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