jueves, 29 de agosto de 2013

Luis García Montero - Fotografías veladas por la lluvia

Fotografías veladas por la lluvia
por Luis García Montero





A Ramiro Fonte

Cuando la muerte quiera
una verdad quitar de entre mis manos,
las hallará vacías...

Luis Cernuda


Cuando los merenderos de septiembre
dejaban escapar sus últimas canciones
por las colinas del Genil,
yo miraba la luz,
como una flor envejecida,
caerse lentamente. Lo recuerdo.

Y recuerdo en mi piel la enfermedad
de las horas inciertas. Por los alrededores
la mirada del niño primogénito
parecía saberlo.

Bombillas
contra un cielo sin fondo,
pintura de las mesas
más pobres y sin verano,
botellas dejadas sin un solo mensaje
y la radio sonando
con voz de plata
como los álamos del río.
Antes que los humanos
los objetos aprenden a vivir en otoño.

Hasta un golpe de lluvia.

Entonces sí
hay mujeres y hombres que corren al invierno
con gritos sorprendidos todavía
en la palabra agosto.
La lluvia de repente
que le devuelve a España su existencia
de periódico antiguo
y pone hacia el final de las películas
un beso triste, un dolor censurado.

Del verano se sale igual que de un recuerdo.
Nunca lo detenemos
en sus noches crueles de calor,
ni se queda en nosotros
la insistencia quemada de las calles,
los fantasmas eróticos
que jamás desembocan en un cuerpo,
noches de alcohol sin nadie,
la cuchilla del frío repentino,
la humillación de los amaneceres.

Pero del mismo modo
al recuerdo se vuelve igual que a los veranos,
con ganas de tocar el mar,
como un tiempo más nuestro,
la leyenda arruinada del nosotros más puro,
una memoria de la felicidad
que duele, nos desarma
y rueda en las colinas de la tarde
y nos busca después
cada septiembre
como los álamos del río
en esa flor envejecida
de nuestra propia casa.

Los pecados del tiempo son pecados mortales.

Y al fin todo se apaga, se deshacen en lluvia
los tiranos, las mañanas de iglesia,
los titulares del periódico,
la voz que dice no o que confirma un precio,
y también lo más noble,
esa costumbre del olvido
que va imponiendo sus fronteras,
porque el amor no sabe detenerse
y su fatalidad es la del agua.
Cosas como un reloj
en el brazo del niño que miraba la tarde,
como una marca de electrodomésticos,
una casa marina,
atardeceres rojos en la universidad,
una canción, un jardín provinciano.

O tal vez aquel coche
que regresaba de los merenderos,
estampa negra, temblor cerrado a combustible,
persiguiendo la lluvia con sus faros
entre los quitamiedos,
en los recodos de la carretera.
Oigo ahora su estrépito, el de un motor antiguo,
y lo veo que cruza
el bulevar de los sueños perdidos
hasta que se detiene delante de una casa.
Paseo de la Bomba, 18.
Alguien abre la puerta.
Los niños corren y desaparecen.

Cuando la muerte quiera
una verdad quitar de entre mis manos
las hallará vacías. Al cerrarme los ojos
se mojará los dedos con la lluvia.

Nos duele envejecer, pero resulta
más difícil aún
comprender que se ama solamente
aquello que envejece.

sábado, 24 de agosto de 2013

Patricia Highsmith - La paridora

La paridora
por Patricia Highsmith



Para Elaine el matrimonio significaba niños. Por supuesto, el matrimonio significaba un montón de cosas más, como crear un hogar, ser un apoyo moral para su marido, alegre compañía, todo eso. Pero sobre todo niños... para eso servía el matrimonio, de eso trataba la cosa.

Elaine, cuando se casó con Douglas, trató de convertirse en la criatura que había soñado, y en cuatro meses lo había conseguido con bastante acierto. Su casa centelleaba limpia y encantadora, sus fiestas eran un éxito, y Douglas obtuvo un pequeño ascenso en su empresa, Seguros Atenas S.A. Sólo faltaba una cosa: Elaine todavía no estaba embarazada. Una consulta al médico pronto arregló el problema, algo que no había funcionado bien, pero después de otros tres meses todavía no había concebido. ¿Podría ser problema de Douglas? A regañadientes, con cierta timidez, Douglas visitó al médico y fue declarado sano. ¿Qué podría estar fallando? Hicieron pruebas más detenidas, y se descubrió que el huevo fertilizado (al menos un huevo fue de hecho fertilizado) había viajado hacia arriba en vez de hacia abajo, en una aparente desafío a la gravedad, y en vez de desarrollarse en alguna parte, simplemente se había desvanecido.

—Debería levantarse de la cama y ponerse cabeza abajo — dijo un bromista en la oficina de Douglas, tras tomar un par de copas en un almuerzo.

Douglas sonrió educadamente. Pero igual tenía algo de razón. ¿No había dicho el médico algo por el estilo? Esa noche Douglas sugirió a Elaine hacer el pino.

Sobre medianoche, Elaine saltó de la cama y se mantuvo cabeza abajo, con los pies contra la pared. Su cara se puso rosa brillante. Douglas se alarmó, pero Elaine aguantó espartana, desplomándose finalmente sobre el suelo, en una masa sonrosada, después de casi diez minutos.

Su primer hijo, Edward, nació así. Edward puso a rodar la maquinaria, y en algo menos de un año llegaron gemelos, dos niñas. Los padres de Elaine y Douglas estaban encantados. Convertirse en abuelos fue una alegría tan grande como ser padres, y las dos parejas de abuelos organizaron fiestas. Douglas y Elaine eran sólo unos chiquillos, así que los abuelos se alegraron de que sus apellidos fueran a tener continuidad. Elaine no tuvo que ponerse bocabajo nunca más, y diez meses después nació un segundo hijo, Peter. Luego llegó Philip, luego Madeleine.

Eran ya seis niños pequeños en la casa, y Elaine y Douglas tuvieron que mudarse a un apartamento algo mayor, con una habitación más. Se mudaron con prisas, sin advertir que su casero odiaba profundamente a los niños (le mintieron y le dijeron que tenían cuatro), especialmente a los pequeños que berrean por las noches. A los seis meses les pidió que se marcharan… siendo entonces bastante obvio que Elaine iba a tener pronto otro niño. Por entonces Douglas estaba un poco justo de dinero, pero sus padres le dieron 2000 euros y los padres de Elaine se presentaron con 3000 euros, y Douglas dio la entrada de una casa a quince minutos en coche de su trabajo.

—Estoy contento de tener una casa, querida —le dijo a Elaine—. Pero me temo que tendremos que controlar los gastos si queremos pagar la hipoteca. Creo que, al menos por un tiempo, tendríamos que dejar de tener niños. Después de todo, siete... — había llegado el Pequeño Thomas.

Antes Elaine le había dicho que la planificación de la familia dependía de ella, y no de él.

—Lo entiendo, Douglas, tienes toda la razón.

Ay, Elaine reveló un día nublado de invierno que estaba de nuevo embarazada.

—No me lo esperaba. Me estoy tomando la píldora, tú lo sabes.

En realidad Douglas suponía que era así. Se quedó sin habla durante unos instantes. ¿Cómo se las arreglarían? Hacía tiempo que se notaba que Elaine estaba embarazada, aunque llevaba días convenciéndose de que sólo lo imaginaba a causa de su ansiedad. Sus padres ya repartían regalos de cincuenta y cien dólares en los cumpleaños ?con nueve cumpleaños en la familia, éstos eran bastante frecuentes?, y sabía que no podrían contribuir mucho más. Era asombroso sólo lo que costaban los zapatos para siete chiquillos.

No obstante, cuando Douglas vio la beatífica, la alegre sonrisa en la cara de Elaine, echada entre almohadas en el hospital, con un niño en sus brazos y una niña en la otra, no pudo arrepentirse de estos nacimientos, que ya llegaban a nueve.

Pero se habían casado hacía algo más que siete años. Si esto se mantenía...

Una mujer de su círculo social observó en una fiesta:

—¡Oh, Elaine se queda preñada cada vez que Douglas la mira!.

A Douglas no le divirtió el implícito tributo a su virilidad.

—¡Entonces deberían hacer el amor con las luces apagadas!— respondió el bromista—. ¡Ja, ja, ja! ¡Es fácil de comprobar que la única razón es que Douglas la mira!

—¡Esta noche ni una sola miradita a Elaine, Douglas! —gritó otro, y hubo un vendaval de risas.

Elaine sonrío con gracia. Imaginaba, qué digo, estaba segura de que las mujeres la envidiaban. Las mujeres con un niño sólo, o sin niños, eran en opinión de Elaine vainas de guisantes desecadas. Vainas de guisantes inmaduras.

Las cosas empeoraban por momentos a ojos de Douglas. Hubo un intervalo de seis meses completos en los que Elaine estuvo tomando la píldora y no se quedó embarazada, pero de pronto se quedó.

—No puedo entenderlo —le dijo a Douglas y también a su médico. Elaine realmente no podía entenderlo, porque había olvidado que había olvidado acordarse de la píldora... un fenómeno con el que su médico se había tropezado antes.

El médico no hizo comentarios. Sus labios estaban éticamente sellados.

Como en venganza por la ausencia temporal de fecundidad de Elaine, por su intento de tapar el cuerno natural de la abundancia, la naturaleza le endosó quintillizos. Douglas ni siquiera pudo acudir al hospital, y se metió en cama durante cuarenta y ocho horas. Entonces tuvo una idea: telefonearía a algunos periódicos, les pediría un dinerillo por las entrevistas y por algunas fotografías que también podrían tomar de los quintillizos. LO intentó con todo el dolor de su corazón, ya que esta forma de explotación iba contra sus principios. Pero los periódicos no picaron. Dijeron que mucha gente tenía quintillizos en aquellos tiempos. Los sextillizos sí podían interesarles, pero los quintillizos no. Tomarían alguna foto, pero no pagarían nada. La fotografía sólo consiguió que les enviaran información de organizaciones de Planificación Familiar y desagradables, groseras e insultantes cartas de ciudadanos privados que le decía a Douglas y Elaine cuánto estaban contribuyendo a la contaminación. Los periódicos habían mencionado que sus niños ya eran catorce, después de aproximadamente ocho años de matrimonio.

Puesto que la píldora no parecía funcionar, Douglas propuso hacerse algo. Elaine se opuso completamente.

—¡Pero las cosas no serán ya lo mismo! —gritó.

—Cariño, todo será igual. Sólo que...

Elaine lo interrumpió. No llegaron a ningún acuerdo.

Tuvieron que mudarse de nuevo. La casa era bastante grande para dos adultos y catorce niños, pero los gastos añadidos de los quintillizos hicieron imposible pagar la hipoteca. Así que Douglas, Elaine y Edward, Susan y Sarah, Peter, Thomas, Philip y Madeleine, los gemelos Ursula y Paul, y los  quintillizos Louise, Pamela, Helen, Samantha y Brigid se mudaron a una casa de vecinos en la ciudad... una casa de vecinos tenía una serie de condiciones legales para cualquier estructura que albergara más de dos familias, pero en lenguaje coloquial una casa de vecinos era una pocilga, como ésta. Ahora estaban rodeados de familias que tenían casi los mismos niños que ellos. Douglas se llevaba a veces papeles de la oficina a casa, se tapaba los oídos con algodones y pensaba que se volvería loco.

—No habrá peligro de que me vuelva loco si ya creo que estoy loco —se decía a sí mismo, y trataba de alegrarse. Después de todo, Elaine estaba otra vez tomando la píldora.

Pero se volvió a quedar embarazada. A estas alturas, los abuelos ya no se sentían tan encantados. Estaba claro que el número de retoños había disminuido la calidad de vida de Douglas y Elaine… la última cosa que los abuelos hubieran deseado. Douglas vivía con un ardiente resentimiento hacia el destino, y con el desesperado anhelo de que algo, algo desconocido y quizás imposible pudiera ocurrir, mientras veía a Elaine engordar día a día. ¿Serían otra vez quintillizos? ¿Incluso sextillizos? Terrorífico pensamiento. ¿Qué pasaba con la píldora? ¿Era Elaine alguna excepción en las leyes de la química? Douglas dio vueltas en su cabeza a la ambigua respuesta que el médico dio a la pregunta que le hizo al respecto. El médico había sido tan vago, y Douglas había olvidado no sólo las palabras del médico, sino incluso el sentido de lo que dijo. De todas formas, ¿quién podía pensar con todo aquel ruido? Enanos con pañales tocaban pequeños xilófonos y soplaban una variedad de bocinas y silbatos. Edward y Peter reñían sobre quién se montaría primero en el caballito mecedor. Todas las niñas estallaban en llanto por nada, esperando obtener la atención de su madre y el apoyo a sus causas. Philip era propenso a los cólicos. Todos los quintillizos estaban echando los dientes a la vez.

Esta vez fueron trillizos. ¡Increíble! Tres habitaciones del apartamento sólo tenían dentro cunas, más una cama individual en cada una de ellas, en las que dormían al menos dos niños. Con sólo que sus edades variasen un poco más, pensó Douglas, sería en cierto modo más tolerable, pero la mayoría de ellos todavía gateaban por el suelo, y al abrir la puerta principal se diría que uno entraba por error en una guardería. Pero no. Todos los diecisiete eran tarea suya. Los nuevos trillizos colgaban en un ingenioso parque suspendido, porque no había espacio en el suelo para ellos. Los alimentaban y les cambiaban sus pañales a través de los barrotes del parque, lo que hizo pensar a Douglas en un zoo.

Los fines de semana eran un infierno. Sus amigos ya no aceptaban sus invitaciones. ¿Y quién podía culparlos? Elaine tenía que pedirles a los invitados que estuvieran muy quietos, e incluso así, algo despertaba siempre a uno de los pequeños sobre las nueve de la noche, y entonces el lote entero empezaba a aullar, incluso los de siete y ocho años, que querían unirse a la fiesta. Así, su vida social llegó a ser cero, lo que no dejaba de estar bien, porque no tenían dinero para entretenimientos.

—Pero yo me siento realizada, querido —dijo Elaine una tarde de domingo, posando una tranquilizadora mano sobre la frente de Douglas, mientras él se sentaba enfrascado en papeles de la oficina.

Douglas, transpirando por los nervios, trabajaba en un pequeño rincón de lo que llamaban su salón. Elaine estaba a medio vestir, su estado habitual, porque en el acto de vestirse siempre había un niño que la interrumpía pidiendo algo, y además Elaine estaba amamantando aún a los recién llegados. De pronto, algo se rompió en Douglas, y se levantó y se encaminó al teléfono más cercano. Él y Elaine no tenían teléfono, y también tuvieron que vender su coche.

Douglas telefoneó a una clínica y preguntó por la vasectomía. Le dijeron que había una lista de espera de cuatro meses si quería la operación sin cargos. Douglas dijo que sí y dio su nombre. Entretanto, la castidad estuvo a la orden del día. Nada de apuros. ¡Dios santo! ¡Ya eran diecisiete! Douglas inclinó la cabeza en la oficina. Incluso los chistes se habían hecho reiterativos. Sintió que la gente sentía pena de él, y que evitaban el tema niños. Sólo Elaine era feliz. Parecía estar en otro mundo. Incluso comenzó a hablar como los niños. Douglas contaba los días hasta la operación. No iba a decirle nada a Elaine sobre ello, simplemente se la haría. Llamó una semana ante de la fecha para confirmarla, y le dijeron que tendría que esperar otros tres meses, porque la persona que le había dado cita se había equivocado.

Douglas colgó el teléfono con un golpe. No era la abstinencia el problema, sino la maldita fatalidad, sólo el fastidio de esperar otros tres meses. Tenía un miedo enfermizo de que Elaine pudiera queda embarazada una vez más pero por sus propios medios.

Ocurrió que lo primero que vio al entrar en el apartamento aquella tarde fue a la pequeña Ursula andando como un pato por aquí y por allá con sus calzones elásticos, empujando diligentemente un carrito en miniatura en el que estaba sentada una pequeña réplica de ella misma.

—¡Mira qué bien! —gritó Douglas dirigiéndose a nadie—. ¡Ya es madre y apenas puede andar!

Sacó bruscamente la muñeca del carro de juguete y la arrojó por una ventana.

—¡Doug! ¿Qué te pasa?

Elaine se le acercó con rapidez y un pecho fuera, con el pequeño Charles adherido a él como una lamprea.

Douglas incrustó un pie en el lateral de una cuna, y luego agarró el caballito balancín y lo estampó contra la pared. De una patada, levantó por los aires la casita de una muñeca, y cuando cayó se derrumbó con un estrépito.

—¡Mamiii... mamiiii!
—¡Papi!
—Uuuuuu… uuuu.
—¡Bu-huuu-uu-uu-huu-uu! ?de media docena de gargantas.

Entonces el casero montó un jaleo con quince niños al menos gritando, más Elaine. El objetivo de Douglas eran los juguetes. Pelotas de todos los tamaños salieron a través de los cristales de las ventanas, seguidas de trompetas de plástico y pequeños pianos, coches y teléfonos, luego ositos de peluche, sonajeros, pistolas, espadas de goma y cerbatanas, chupadores y rompecabezas. Exprimió dos biberones preparados y rió con ojos de lunático mientras la leche salía a chorros de las tetinas. La expresión de Elaine cambió de la sorpresa al horror. Se asomó por una ventana rota y gritó.

A Douglas tuvieron que arrastrarlo lejos de un set de construcción Erector, al que estaba golpeando con la pesada base de un payaso tentetieso. Un médico le dio un golpe en el cuello que lo tumbó. Lo siguiente que Douglas supo fue que estaba en una celda acolchada quién sabe dónde. Pidió la vasectomía. En vez de eso, le trajeron una aguja. Cuando despertó, volvió a pedir la vasectomía. Su deseo fue satisfecho ese mismo día.

Entonces se sintió mejor, más tranquilo. Sin embargo, estaba lo suficientemente cuerdo como para advertir que, por así decirlo, había perdido la cabeza. Se daba cuenta de que no quería volver a trabajar, que no quería hacer nada. No quería ver a ninguno de sus amigos, a los que, de todas formas, sentía que había perdido. Especialmente, no quería seguir viviendo. Débilmente, recordó que tenía una alegre descendencia, por haber procreado diecisiete niños en bastante menos años. ¿O eran diecinueve? ¿O veintiocho? Había perdido la cuenta.

Elaine vino a verlo. ¿Estaba de nuevo embarazada? No. Imposible. Era sólo que estaba tan acostumbrado a verla embarazada. Parecía distante. Se sentía realizada, recordó Douglas.

—Haz el pino de nuevo. Ponlo todo boca abajo —dijo Douglas con una estúpida sonrisa.

—Está loco —le dijo Elaine al médico, y pausadamente se dio la vuelta y se marchó.

viernes, 23 de agosto de 2013

H. P. Lovecraft - La sombra fuera del Espacio

H. P. Lovecraft
La sombra fuera del Espacio



Si hay algo que nos salva en este mundo... es la incapacidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una isla de ignorancia en medio de los mares negros del infinito, y no estamos hechos para viajar lejos...


- I -

Si es cierto que el hombre vive siempre al borde de un abismo, entonces casi todos los hombres deben experimentar momentos de algo que llamaríamos nivel precognoscitivo, cuando las vastas e imperceptibles profundidades que existen siempre bordeando el pequeño mundo del hombre se convierten por un momento en tangibles, cuando el terrible pozo de conocimientos sin frontera, que incluso las mentes más brillantes sólo han vislumbrado, asume una apariencia borrosa capaz de llenar de terror al corazón más duro. ¿Conoce algún ser viviente los verdaderos orígenes de la humanidad? ¿O el lugar que al hombre le corresponde en el universo? ¿Sabe si el hombre está destinado al ignominioso final de un gusano? Hay terrores que caminan por los pasillos de los sueños cada noche, que embrujan el mundo de los sueños, terrores que pueden relacionarse con los aspectos más mundanos de la vida cotidiana. Cada vez estoy más convencido de la existencia de un mundo fuera de éste en que estamos, lindante con él pero quizá completamente alucinatorio. Sin embargo, no ha sido siempre así. No fue así hasta que conocí a Amos Piper.

Mi nombre es Nathaniel Corey. He practicado el psicoanálisis durante más de cincuenta años. Soy autor de un libro y de varias monografías publicadas en periódicos dedicados a ese tipo de conocimientos. Practiqué durante muchos años en Boston, después de haber estudiado en Viena, y hace diez años, en el semirretiro, me trasladé a la ciudad universitaria de Arkham, en el mismo Estado. Me había ganado, con mi trabajo, una reputación de persona seria e íntegra, que me temo ponga en duda este relato. Aunque espero que ofrezca una conclusión bien distinta. Es un firme presentimiento el que me lleva por fin a dejar testimonio de lo que ha sido quizá el problema más interesante y provocativo con que me he encontrado en todos estos años de práctica. No acostumbro a hacer observaciones públicas acerca de mis pacientes, pero me veo obligado a ello dadas las circunstancias peculiares que se dieron en el caso de Amos Piper: a través de ellas se plantean ciertos puntos que, a la luz de otros, sin relación aparente, podrían adquirir más relieve de lo que en principio presumí. Hay poderes de la mente que permanecen en las tinieblas, y quizá también poderes de las tinieblas que van más allá de la mente: no me refiero a brujas, a fantasmas o a duendes, ni a cualquier otra invención creada por civilizaciones primitivas, sino a poderes infinitamente más vastos y terribles que cualquier concepto humano.

El nombre de Amos Piper no será desconocido para mucha gente, especialmente para aquellos que recuerden la publicación de investigaciones antropológicas que llevan su nombre, hará cosa de unos diez años, más o menos. Le conocí por primera vez cuando su hermana, Abigail, le trajo a mi consulta un día de 1933. Era un hombre alto, que parecía haber sido grueso: sobre su cuerpo huesudo colgaban las ropas como si hubiese perdido mucho peso en un tiempo relativamente corto. Este parecía ser el problema: al primer vistazo, Piper necesitaba más la ayuda de un médico que de un psicoanalista, pero su hermana explicó que había acudido a los mejores especialistas y todos le habían indicado que su problema era esencialmente mental y se escapaba a sus facultades terapéuticas. A la señorita Piper le había sido recomendado por varios colegas, y también algunos compañeros de Piper en la facultad de la Universidad de Miskatonic, habían insistido en esa recomendación emanada del consejo médico que le había atendido. La suma de estas razones fue la que les condujo a pedirme una cita. La señorita Piper me adelantó el problema de su hermano, mientras él descansaba en una habitación contigua a la consulta. Expuso el fondo del problema con admirable concisión... Piper parecía ser víctima de terribles alucinaciones, visiones que se apoderaban de él cada vez que cerraba los ojos o bajaba los párpados, mientras estaba despierto, y en sueños, mientras dormía. No dormía, sin embargo, desde hacía tres semanas. En ese tiempo había perdido tanto peso que a ambos les alarmaba su estado. Como preámbulo, la señorita Piper señaló que su hermano había sufrido un colapso nervioso tres años antes en un teatro; este colapso había durado tanto que hasta este último mes Piper no había vuelto a ser la misma persona. Su más reciente obsesión -si de una obsesión se trataba- se había manifestado una semana después de volver a su estado normal; según la señorita Piper, podía haber alguna relación lógica entre el estado en que se encontraba después del colapso y estas nuevas obsesiones, tras una corta etapa de normalidad. Las drogas habían demostrado su eficacia para inducirle a dormir, pero aun así no habían eliminado los sueños, que al parecer eran de una naturaleza espantosa, tanto que el doctor Piper era reacio a hablar de ellos.

La señorita Piper contestaba con franqueza a las preguntas que yo le hacía, pero revelaba falta de conocimiento acerca de la verdadera situación de su hermano. Me aseguró que en ningún momento había dado muestras de espíritu agresivo, pero que andaba distraído con frecuencia y establecía entre él y el mundo en que vivía una clara línea de separación, como si viviese encerrado en un caparazón que le aislase de ese mundo. La señorita Piper se marchó, y yo me puse a examinar a mi paciente. Le vi sentado junto a mi escritorio con los ojos muy abiertos a costa de un gran esfuerzo, pues el globo del ojo estaba inyectado en sangre, y el iris parecía estar nublado. Se le notaba agotado, y empezó a excusarse en seguida por estar allí, explicando que su hermana había insistido y tomado la determinación sin permitirle otra opción que ceder. Lo había hecho para complacer a su hermana, ya que él era consciente de que su caso no tenía remedio. Le dije que la señorita Abigail había hablado a grandes rasgos de su problema, e intenté calmarle los ánimos. Le hablé en un tono consolador y en términos generales. Piper escuchó con paciencia y respeto. Aparentemente cedía ante mi modo natural, reconfortante, con que pretendía siempre inspirar confianza, y cuando por fin le pregunté por qué no cerraba los ojos, me contestó sin titubear, y con sinceridad, que tenía miedo a hacerlo.

-¿Por qué? ¿Puede decir por qué?

Recuerdo su respuesta.

-En cuanto cierro los ojos aparecen en mi retina extrañas figuras geométricas y diseños, junto con tenues luces y formas de lo más siniestras, parecidas a unas enormes criaturas inimaginables por un hombre; y lo más terrible de ellas es que son criaturas inteligentes e inconmensurablemente desconocidas.

Le pedí que intentase describir a estos seres. Tropezaba con dificultades para hacerlo. Sus descripciones eran vagas, pero asombraba lo que sugerían. Ninguno de estos seres parecía estar claramente formado, excepto algunos conos rugosos, que tanto podían ser de origen vegetal como animal. Hablaba con una convicción rotunda, y me describía con esfuerzo aquellas sorprendentes criaturas con las que soñaba tan intensamente. Me chocó la intensidad de su imaginación. ¿Quizá existía un nexo entre esas visiones y la larga enfermedad que había sufrido? Parecía poco dispuesto a hablar de esto, pero al cabo de un rato lo hizo, algo inseguro, en un lenguaje inconexo. Era a mí a quien correspondía unir las piezas de los acontecimientos que me relataba. La historia comenzó cuando tenía cuarenta y nueve años. Fue entonces cuando sobrevino su enfermedad. Estaba asistiendo a una representación de La carta de Maugham, cuando, a mitad del segundo acto, se desmayó. Le llevaron a la oficina del empresario y se esforzaron por reanimarle. Fue inútil y al fin le trasladaron a su casa en una ambulancia de la policía. De nuevo los médicos estuvieron un buen rato intentando reanimarle. Fracasaron en su intento y Piper fue hospitalizado. Estuvo en estado de coma durante tres días, transcurridos los cuales recobró el conocimiento.

Se observó de inmediato que ya no era «el mismo». Su personalidad había sufrido un profundo desequilibrio. Se creyó al principio que había sido víctima de un ataque de algún tipo, pero al no apreciarse síntomas que lo corroboraran, esta tesis hubo de ser abandonada. Tan profundo era el achaque que incluso algunas elementales actividades del ser humano las realizaba él con extrema dificultad. Por ejemplo, en seguida se apreció que tenía dificultad para coger objetos; sin embargo, físicamente no tenía ningún defecto y sus articulaciones funcionaban normalmente. Sus intentos de agarrar algún objeto hacían pensar en la maniobra ejecutada por una criatura sin dedos; o sea, que apartaba los dedos y el pulgar como si formaran una pinza rígida, en un movimiento que hacía pensar más en las garras de un animal que en el movimiento de una mano humana. No era este el único aspecto sorprendente de su «recuperación». Tuvo que aprender a caminar otra vez, pues parecía avanzar como si careciera de capacidad motriz. Le fue también extraordinariamente difícil aprender a hablar: sus primeros intentos los hizo con las manos, como si fuesen garras que intentasen coger objetos; al mismo tiempo emitía curiosos sonidos, como silbidos, cuya falta de significado le irritaba. Pero su inteligencia no parecía haber sufrido ningún daño, pues en menos de una semana dominaba todos los actos vulgares que componen la vida cotidiana de un hombre.

Pero si bien su inteligencia no se había visto afectada, se había borrado cuanto componía el pasado de su propia vida. No había reconocido a su hermana, ni a ninguno de sus compañeros de Facultad y miembros del cuerpo docente de la Universidad de Miskatonic. Decía no saber nada de Arkham, Massachusetts, y poca cosa de los Estados Unidos. Fue necesario enseñarle todo esto otra vez. Necesitó poco tiempo -menos de un mes- para asimilar cuanto se le puso delante. Redescubrió el conocimiento humano en un tiempo sorprendentemente corto, y demostró una memoria excepcional, pues asimiló con exactitud todo lo que se le dijo y todo lo que leyó. Con el cambio -una vez completado el adoctrinamiento- se puso de manifiesto durante su enfermedad que la parte de su cerebro que alojaba la memoria era infinitamente más valiosa que antes. Fue después de hacer todos estos ajustes a su nueva situación cuando Piper comenzó a actuar de una forma que él mismo denomina «inexplicable». Obtuvo una excedencia por tiempo indefinido de la Universidad de Miskatonic, y comenzó a viajar extensamente. Pero no le quedaba ningún recuerdo directo o personal de estos viajes cuando me visitó en la consulta, o de ningún momento tras su «recuperación», durante la enfermedad que había sufrido durante tres años. No había nada en su relato de estos viajes que se pareciese a un recuerdo; y tampoco era capaz de decir lo que había hecho durante los mismos: esto era algo extraordinario, si se pensaba en la fabulosa memoria que demostró durante su enfermedad. Le habían dicho cuando se «recuperó» que había ido a extraños y lejanos lugares del mundo -el Desierto Arábigo, las extensiones de Mongolia, el Círculo Ártico, las Islas de Polinesia, las Marquesas y el antiguo país Inca del Perú. No recordaba en absoluto lo que había hecho allí, ni tampoco había nada en su equipaje que probase sus recorridos, excepto uno o dos curiosos trozos de piedra cubiertos de lo que podría ser escritura jeroglífica antigua, adecuados para formar parte de la colección de un turista.

Cuando no estaba ocupado en estos viajes extraños, pasaba su tiempo leyendo, con inconcebible rapidez, en las grandes bibliotecas del mundo. Su recorrido le había llevado desde la biblioteca de la Universidad de Miskatonic en Arkham -muy conocida por sus manuscritos y libros prohibidos, acumulados a lo largo de siglos, a partir de los tiempos coloniales-, hasta El Cairo. Pero la mayor parte del tiempo lo había pasado en el Museo Británico de Londres y en la Biblioteca Nacional de París. Había consultado innumerables bibliotecas privadas, cuando se lo permitían sus dueños. De todas formas, los datos que había comprobado durante su breve semana de «normalidad» -usando de todos los medios disponibles: cables, telegrama, radio, a causa de la urgencia, decía- demostraban que había leído, devorado, mejor dicho, ciertos libros muy antiguos que antes de caer enfermo desconocía por completo o conocía únicamente a través de las más vagas referencias. Estos libros, relacionados con remotas sabidurías, eran Los Manuscritos Pnakóticos, el Necronomicon del árabe loco Abdul Alhazred, los Unaussprechlichen Kulten de Von Juntz, los Cultes des Goules del conde d’Erlette, De Vermis Mysteriis de Ludvig Prinn, el Texto de R’lyeh, los Siete libros Crípticos de Hsan, los Cánticos de Dhol; el Liber Ivonis; los Fragmentos de Celaeno y muchos otros similares, alguno de los cuales existían sólo en forma fragmentaria, esparcidos por toda la superficie de la tierra. Por supuesto, había también otros de historia, pero de acuerdo con las fichas de retirada, las lecturas de Piper habían comenzado siempre con libros de leyendas o que trataban de cuestiones sobrenaturales. A partir de ahí seguía sus estudios de historia y antropología, en progresión directa, como si Piper asumiese que la historia de la humanidad había empezado, no en los tiempos antiguos, sino en un mundo increíblemente viejo, que ya existía antes de que el hombre midiese el tiempo según lo conocen los historiadores, y del que se habla en algunos temibles libros de ciencias ocultas.

También se sabía que había tenido contactos con otras personas a las que no conocía previamente, pero que al encontrarse, en el lugar que fuese, parecían tenerlo todo preparado; personas unidas por los mismos propósitos, relacionadas con investigaciones macabras, o miembros del cuerpo profesoral de alguna Universidad o escuela. Siempre existían puntos comunes entre ellos, según dedujo Piper en sus averiguaciones telefónicas intercontinentales, tras haber encontrado entre sus papeles, cuando volvió a la normalidad, algunos mensajes. Todos y cada uno habían sufrido un idéntico o muy similar estado de postración al que había pasado Piper a partir de la noche del teatro. Aunque esta forma de actuar no tenía nada que ver con la vida de Piper antes de su enfermedad, una vez adoptada se mantuvo bastante consistente durante todo el tiempo en que estuvo enfermo. Los extraños e inexplicables viajes que había hecho poco después de haberse acostumbrado de nuevo, tras su ‘recuperación’, a vivir entre sus colegas y familiares, habían continuado durante los tres años en que no había sido «el mismo». Dos meses en Ponapé, un mes en Angkor-Vat, tres meses en las tierras antárticas, una conferencia con un colega experimentado en París, y cortos períodos en Arkham entre un viaje y otro. Este era el patrón de su vida; de esta forma pasó los tres años anteriores a su completo restablecimiento. Este período había sido seguido por otro de profundo desequilibrio, que no permitía a Amos Piper conservar la memoria de lo que había hecho en esos tres años, y le esclavizaba el terror de no cerrar los ojos para no ver aquello que sugería a su mente subconsciente algo espantoso y aterrador, ligado estrechamente a sus sueños.


- II -

Al cabo de tres visitas, logré convencer a Amos Piper para que me contase algún fragmento de sus extraños y gráficos sueños, esas aventuras nocturnas de su subconsciente que le torturaban. Se parecían mucho unos a otros en esencia: no existía una fase de transición entre el momento de estar despierto y el momento de estar dormido. Pero, a la luz de la enfermedad de Piper, eran desafiadoramente significativos. El más común de ellos repetía un lugar; esto, con algunas variaciones, ocurría repetidamente en la secuencia que Piper me expuso. Reproduzco aquí su propio relato del sueño que se repetía:

«Yo era un erudito que trabajaba en la biblioteca de un edificio colosal. La habitación en la que estaba sentado, y en la que transcribía algo de un libro escrito en un idioma que no era el inglés, era tan grande que las mesas tenían la altura de una habitación normal. Las paredes no eran de madera, sino de basalto, y los estantes que cubrían las paredes eran de una clase de madera negra que no conocía. Los libros no estaban impresos, sino totalmente holografiados, algunos escritos en el mismo extraño idioma en que yo escribía. Pero había algunos idiomas que podía reconocer -este reconocimiento, sin embargo, se remontaba a ancestrales recuerdos-, sánscrito, griego, latín, francés, incluso inglés, pero un inglés muy mezclado, desde el inglés de Piers Plowman hasta el de hoy. Las mesas aparecían iluminadas por grandes globos de cristal, unidos a extrañas máquinas hechas de tubos de vidrio y barras de metal, sin cables que las conectasen.

»Aparte de los libros en los estantes, el lugar daba la impresión de un austero vacío. En la piedra se veían extraños grabados, todos ellos dibujos matemáticos curvilíneos, junto con inscripciones en la misma escritura jeroglífica estampada en los libros. La mampostería era megalítica: en bloques convexos se encajaban las hiladas cóncavas que descansaban en ellos; se elevaban de un suelo compuesto por grandes losas octogonales de un basalto similar al de las paredes. Nada había colgado en ellas, y nada decoraba los suelos. Las estanterías iban desde el suelo hasta el techo, y entre las paredes solamente había las mesas en las que trabajábamos de pie, pues no había nada ante nuestra vista que se pareciese a una silla, ni tampoco sentía necesidad de sentarme. Durante el día podía mirar afuera, a un vasto bosque de árboles como helechos. Durante la noche podía mirar las estrellas, pero no reconocía ninguna: ni una sola constelación de esos cielos se parecía siquiera remotamente a las estrellas familiares, a las acompañantes nocturnas de la tierra. Esto me llenaba de terror, pues sabía que estaba en un lugar muy extraño, alejado de los lugares terrestres que había conocido y que ahora aparecían como recuerdos de una existencia increíblemente lejana. Tenía conciencia de que formaba parte integral de aquel mundo y a la vez de que no tenía nada que ver con él; era como si una parte de mí perteneciese a este medio y otra parte no. Estaba muy aturdido, y en especial me confundía darme cuenta de que estaba escribiendo una historia de la tierra de un tiempo que me parecía haber vivido, es decir, del siglo XX. Estaba transcribiéndolo en sus detalles más nimios, como si fuese para estudiarla, pero no sabía con qué propósito. Quizá para añadir una opresora acumulación de saber a todo el saber que se concentraba en los innumerables libros de la habitación en que estaba, y en las habitaciones que la rodeaban, ya que el edificio entero al que pertenecía esta habitación era un gran almacén del saber. Tampoco era el único: por las conversaciones oídas en torno a mí, sabía que había otros más lejanos, y que en ellos había otros escribanos como nosotros, con tareas similares, y que el trabajo que realizábamos era vital para el retorno de la Gran Raza -raza a la que pertenecíamos- a los lugares de los universos donde una vez, hacía mucho, estuvo nuestro hogar, hasta que la guerra con los Primordiales nos obligó a huir.

»Trabajaba siempre con mucho miedo. Todo me inspiraba terror. Tenía miedo de mirarme a mí mismo. Tenía omnipresentemente un miedo terrorífico a un extraño descubrimiento intrínseco en la más fugaz ojeada a mi cuerpo, derivado de la convicción de que me había mirado con anterioridad y me había asustado profundamente al verme. Quizá tenía miedo de ser como los demás, puesto que mis compañeros, que me rodeaban, eran todos iguales. Aparentaban grandes conos de un material rugoso, como la estructura de un vegetal; medían más de diez pies de alto; su cabeza, así como sus manos, en forma de garras, estaban unidas a unas anchas extremidades que salían del vértice del cono. Caminaban merced a la expansión y contracción de la capa viscosa que formaba su base, y aunque no hablaban un lenguaje reconocible, podía entender los sonidos que emitían, pues, en mi sueño, me sabía instruido en ese idioma desde el momento en que llegué a aquel lugar. No hablaban con algo parecido a una voz humana, ni yo tampoco, sino con una extraña combinación de silbidos y golpes y rasguños de las grandes garras con que finalizaban sus cuatro extremidades enraizadas en lo que supuestamente podían ser sus cuellos, aunque esa parte de sus cuerpos no se veía. Parte de mi miedo sobrevino al entender ligeramente que era un prisionero dentro de un prisionero, que aun cuando estaba preso dentro de un cuerpo similar a los que me rodeaban, este cuerpo estaba, a su vez, preso dentro de la gran biblioteca. Buscaba en vano cosas que me fueran familiares. Nada de lo que allí había me recordaba a la Tierra que había conocido desde la niñez, y todo indicaba que nos encontrábamos en un punto lejano del espacio. Comprendía que todos mis compañeros eran también cautivos de alguna forma, aunque algunos hacían el oficio de guardianes. Muy similares a los otros en forma, tenían un cierto aire de autoridad, y caminaban entre nosotros muchas veces para ayudarnos. Estos guardianes no amenazaban, sino que se comportaban de un modo cortés y a la vez firme.

»Aunque nuestros guardianes no tenían por qué hablarnos, uno de ellos actuaba sin ningún género de restricciones. Era evidentemente el instructor; se movía entre nosotros con más soltura que los demás y me di cuenta que incluso los otros guardianes eran diferentes a él. Esto no se debía exclusivamente al hecho de que fuera instructor, sino también a que le sabían condenado a muerte, porque la Gran Raza no estaba aún preparada para moverse y el cuerpo en que habitaba estaba destinado a morir antes de que tuviese lugar la migración. Había conocido a otros hombres, y tenía la costumbre de detenerse ante mi mesa: al principio sólo me decía unas palabras para darme ánimo, y más tarde hablaba durante largos ratos. Por él supe que la Gran Raza había existido en la Tierra y en otros planetas de nuestro universo, así como de otros universos, billones de años antes de que se escribiese la historia. Los conos rugosos que les daban la apariencia actual los habían ocupado hacía sólo algunos siglos, y estaban lejos de ser su propia forma, que se asemejaba más a un rayo de luz, pues eran una raza de mentes libres, capaces de invadir cualquier cuerpo y de desplazar la mente que lo habitaba anteriormente. Habían habitado la Tierra hasta que se vieron envueltos en la titánica batalla entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales por la dominación del cosmos. De aquella batalla, según me dijo, se derivaba la explicación del Mito Cristiano para la humanidad, pues las mentes simples de los hombres primitivos habían concebido sus recuerdos ancestrales como una batalla entre el Bien y el Mal. Desde la Tierra, la Gran Raza escapó al espacio, en un principio al planeta Júpiter, y luego más lejos, a esa estrella en la que ahora se encontraban, una estrella oscura de Tauro, donde se quedaron a esperar la siempre pendiente invasión de la región del Lago de Hali, que era el lugar del destierro de Hastur -uno de los Primordiales- después de la derrota de los Primordiales por los Dioses Arquetípicos. Pero ahora su estrella agonizaba, y se estaban preparando para una migración masiva a otra estrella, ya fuese hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, y para ocupar los cuerpos de otras criaturas de vida mas larga que los conos rugosos donde ahora se alojaban.

»La preparación consistía en el desplazamiento de mentes a criaturas que existían en varias épocas y en muchos lugares del universo. Había entre mis compañeros, afirmó, no sólo hombres-árboles de Venus, sino también miembros de la raza medio vegetal de la Antártica paleógena; no sólo representantes de la gran raza Inca del Perú, sino también miembros de la raza de hombres que vivirían la era post-atómica de la Tierra, horriblemente alterados por las mutaciones causadas por el desprendimiento de materiales radioactivos de las bombas de hidrógeno y cobalto de las guerras atómicas; no sólo seres como hormigas de Marte, sino también hombres de la antigua Roma, y hombres de un mundo de cincuenta mil años después. Había muchos más, de todas las razas, de todos los tipos de vida, de mundos que conocía y de mundos separados de mi tiempo por miles y miles de años. Era así porque la Gran Raza podía viajar cuando lo deseaba en el tiempo y en el espacio. Los conos rugosos que ahora constituían su cuerpo no eran sino un hábitat temporal, más breve que la mayoría de los que habían ocupado. Y el lugar en el cual desarrollaban ahora sus investigaciones, llenando sus archivos con la historia de la vida en todos los tiempos y en todos los lugares, era para ellos una esporádica residencia hasta emprender una existencia nueva y más duradera en otro lugar, en otra forma, en algún otro mundo.

»Todos los que trabajábamos en la gran biblioteca les ayudábamos a recopilar datos, puesto que cada uno de nosotros escribía la historia de su propio tiempo. Con el envío de sus miembros al vacío sideral, la Gran Raza podía ver por sí misma cómo era la vida en otros tiempos y lugares, y conocerla a través de los seres que en ese determinado momento vivían allí, porque de éstos eran las mentes que habían sido enviadas para ocupar el lugar de los miembros ausentes de la Gran Raza, hasta el momento en que se hallasen preparados para volver. La Gran Raza había construido una máquina para ayudarles en sus vuelos a través del tiempo y del espacio, pero no una de esas máquinas que puede imaginarse la humanidad, sino una que funcionaba en un cuerpo para separar y proyectar la mente; y cada vez que intentaba un viaje hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, el viajero se sometía a la máquina y el viaje proyectado se realizaba. Así se trasladaban, sin traba alguna, a dondequiera que dirigieran sus migraciones en masa; todo lo accesorio, los aviones, los inventos, incluso la gran biblioteca, se dejaría atrás; la Gran Raza empezaría a construir su civilización, siempre esperando escapar de la destrucción que vendría cuando los Primordiales -el Gran Hastur, el Inefable, y Cthulhu que yace en las profundidades del agua, y Nyarlathotep el Mensajero, y Azathoth y Yog-Sothoth y toda su terrible progenie escapasen a sus ataduras y se enzarzasen otra vez en una titánica batalla con los Dioses Arquetípicos en sus remotas fortalezas entre las estrellas distantes.»

Este era el sueño más corriente de Piper. De hecho, era probable que no se tratase de un sueño seguido, en el sentido de que se desarrollase en la misma ocasión, sino de uno que se repetía con detalles añadidos, hasta llegar a la versión final que había expuesto y que a él le parecía un mismo sueño repetido, cuando en realidad había sido una acumulación de diversas situaciones. Su forma de actuar en su breve período de «normalidad» en relación con su sueño era clara, pues representaba el reverso de la realidad: en la vida él imitaba las acciones de lo que posteriormente describió como conos rugosos, que habitaban sueños que luego se convertían en realidad. El orden tenía que ser, normalmente, el contrario; si sus acciones -sus intentos de agarrar objetos como si tuviese garras, y de hablar con las manos, y demás- hubiesen tenido lugar después de estos intensos sueños, la progresión normal habría podido ser observada. Era significativo que no hubiese ocurrido de esta forma.

Un segundo sueño parecía ser una simple continuación del primero. De nuevo Piper se encontraba trabajando en la alta mesa de la gran biblioteca, sin poder sentarse, ya que no había sillas, y además la forma de cono rugoso no permitía estar sentado. De nuevo el instructor que iba o morir se había parado a hablar con él, y Piper le había preguntado acerca de la vida de la Gran Raza.

«Le pregunté que cómo podía esperar la Gran Raza mantener sus planes en secreto, si reemplazaba a las mentes que se habían desplazado a otro lugar. Dijo que se conseguiría de dos formas. Primero, todo rastro de recuerdo de este sitio sería cuidadosamente borrado antes de que cualquiera de las mentes desplazadas regresase, bien fuese enviada hacia atrás o hacia adelante en el espacio y en el tiempo. Segundo, si quedase alguna señal, resultaría ser tan difusa e inconexa que carecería de sentido. Cualquier reconstrucción sería tan increíble para los demás, que la considerarían un invento de la imaginación, o incluso una enfermedad.

»Continuó diciéndome que a las mentes de la Gran Raza se les autorizaba para que eligiesen su hábitat. No se les enviaba fortuitamente a ocupar la primera «vivienda» con la que tropezaban, sino que tenían el poder de elegir entre las criaturas que divisaban aquella que deseaban ocupar. La mente desplazada era trasladada al lugar actual de residencia de la Gran Raza, mientras que el miembro de la raza se adaptaba a la vida de la civilización a la que había ido hasta encontrar los rastros de la vieja cultura que había culminado en el gran levantamiento entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales. Incluso tras el regreso, cuando la Gran Raza había aprendido cuanto deseaba acerca de la forma de vida y los puntos de contacto con los Primordiales -particularmente con sus servidores, que podrían oponerse a la Gran Raza, amante de la paz y de la soledad, y más allegada a los Dioses Arquetípicos que a los Primordiales-, en ocasiones se enviaban mentes para asegurarse de que las mentes desplazadas habían quedado limpias de todo recuerdo, o para emprender un nuevo desplazamiento, caso de que no hubiera sido así. Me llevó a las habitaciones subterráneas de la gran biblioteca. Había libros por todas partes, todos holografiados. Grupos de ellos estaban empaquetados en cámaras rectangulares alineadas, labradas en un desconocido metal brillante. Los archivos se ordenaban según las formas de vida, y tomé mota del hecho de que los conos rugosos de la estrella negra estaban considerados como superiores al hombre, puesto que el hombre no aparecía muy separado de los reptiles, que inmediatamente le precedían en la tierra. Cuando le interrogué acerca de esto, el instructor respondió que estaba en lo cierto. Explicó que el contacto con la Tierra sólo se mantenía porque en su día había sido el centro de las batallas entre los Dioses Arquetípicos y los Primordiales, y los servidores de estos últimos vivían allí, desconocidos para la mayoría de los hombres: los Profundos en las profundidades del océano, los batracios de Polinesia y área de Innsmouth en Massachusetts, el temible Pueblo Tcho-Tcho del Tíbet, los Shantaks de Kadath en el Desierto de Hielo, y muchos otros, y quién sabe si ahora resultaría necesario para la Gran Raza regresar otra vez al planeta verde que había sido su primer hogar. Me dijo que ayer mismo -un tiempo que parecía infinitamente largo, pues la duración de los días y las noches allí era equivalente a una semana en la Tierra- había regresado una de las mentes de Marte y comunicado que el planeta estaba tan cerca de la muerte, o más, que su propia estrella, y que se había perdido, por tanto, otra de las alternativas.

»De este subterráneo me llevó a la parte de arriba del edificio. Era una gran torre con una cúpula de una sustancia como el cristal, a través de la cual podía mirar el paisaje exterior. El bosque de helechos que había visto era de hojas verdes secas, no frescas, y lejos del borde del bosque se extendía un gran desierto interminable que descendía a un oscuro golfo: la cuenca ya seca de un gran océano, según explicó mi guía. La estrella negra había entrado en la órbita mas alejada de una nova y ahora moría lenta e implacablemente. ¡Qué extraño parecía el paisaje! Los árboles se veían enanos en comparación con los grandes edificios de piedras megalíticas desde donde los contemplábamos; ningún pájaro volaba por el cielo gris; no había ninguna nube, ni niebla en el abismo; y la luz del lejano sol que iluminaba la estrella negra venía indirectamente del espacio, de modo que el paisaje estaba siempre bañado en una irrealidad gris.

»Me estremecí al mirar.»

Los sueños de Piper aparecían cada vez más inmersos en el terror. Este miedo se materializaba en dos planos: uno que le ataba a la Tierra, y otro a la estrella negra. Había pocas variaciones. Un segundo tema, que se produjo dos o tres veces en una misma secuencia, era que se le permitía acompañar al guardián instructor a un curioso cuarto circular, que debía estar en la parte baja de la colosal torre. En cada uno de esos casos, uno de los conos rugosos se hallaba tendido en una mesa entre cúpulas de resplandeciente cristal de una máquina que emitía una luz intermitente, como si se tratase de una especie de electricidad, aunque, al igual que las lámparas de las mesas de trabajo, no había cables que fuesen hacia ellas o saliesen de ellas. A medida que aumentaban las vibraciones de la luz y la intensidad de su brillo, el cono rugoso que estaba en la mesa entraba en estado de coma, y permanecía así por un tiempo, hasta que la luz oscilaba y el zumbido de la máquina se detenía. Entonces el cono volvía a la vida otra vez, e inmediatamente empezaba a emitir un torrente de silbidos y sonidos. La escena no variaba. Piper comprendía lo que decían, y creía que lo que presenciaba cada vez era el regreso de una mente perteneciente a la Gran Raza, y el envío de la mente desplazada que había ocupado el cono rugoso en su ausencia. La sustancia de la rápida charla del cono redivivo era siempre muy similar: venía a ser un resumen de la estancia de la gran mente lejos de la estrella negra. En una ocasión la gran mente había venido de Inglaterra después de una estancia de cinco años como antropólogo inglés, y pretendía haber visto los lugares en que los sicarios de los Primordiales aguardaban. Algunos habían sido parcialmente destruidos -como, por ejemplo, cierta isla no lejos de Ponapé, en el Pacífico, y el Arrecife del Diablo, cerca de Innsmouth, y una montaña de cavernas y un lago cerca de Machu Pichu. Otros servidores estaban dispersos, sin ninguna organización, y los Primordiales que permanecían en la Tierra estaban prisioneros bajo la estrella de cinco puntas que era el sello de los Dioses Arquetípicos. De los lugares que se nombraron como lugares potenciales para un futuro de la Gran Raza, la Tierra era siempre el que figuraba en cabeza, a pesar de los peligros de una guerra atómica.

Estaba claro, a medida que Piper progresaba en el relato de sus sueños, y a pesar de su confusión, que la Gran Raza pretendía volar a otro planeta o estrella muy distante de la estrella moribunda que ahora ocupaba, y las extensas regiones del planeta verde donde vivían pocos hombres -lugares cubiertos de hielo, regiones arenosas en los países cálidos- se presentaban como un paraíso para la Gran Raza. Básicamente los sueños de Piper eran todos muy similares. Existía siempre la enorme estructura de bloques megalíticos de basalto, siempre el interminable trabajo de esos seres extraños que no necesitaban dormir invariablemente la sensación de estar preso y, en la vida real, concomitante, el miedo siempre presente del que Piper no podía liberarse. Llegué a la conclusión de que Piper, incapaz de relacionar los sueños con la realidad, era, víctima de una profunda confusión, uno de esos hombres desdichados que han perdido la capacidad de distinguir si el mundo real es el de los sueños o aquel en que habla y se mueve durante el día. Pero esta conclusión no me satisfacía del todo. Pronto supe que acertaba al poner en duda la veracidad de mi juicio.


- III -

Amos Piper fue mi paciente por un corto período de tres semanas. Pude observar durante ese tiempo, para mi pesar y para descrédito del tratamiento aplicado, que su condición se deterioraba paulatinamente. Empezaron a producirse alucinaciones, o al menos lo parecían, particularmente según el proceso típico de las ilusiones paranoicas de ser perseguido y observado. Este proceso llegó a su punto álgido en una carta que Piper me escribió y me envío por un mensajero. Sin duda, la carta había sido escrita precipitadamente...

«Querido Dr. Corey: Como es posible que no le vea más, quiero decirle que ya no tengo duda alguna respecto a mi situación. Sé que alguien me ha estado vigilando durante algún tiempo, y no es un ser terrestre, sino una de las mentes de la Gran Raza. Ahora estoy convencido de que todas mis visiones y sueños se derivan de ese período de tres años durante el cual estuve desplazado, o ‘no era yo’ según decía mi hermana. La Gran Raza existe aparte de mis sueños. Ha existido durante más tiempo que la medida humana del tiempo. No sé dónde está. En la estrella negra de Tauro o aún más lejos. Pero se preparan para trasladarse otra vez, y uno de ellos está muy cerca. No he estado ocioso entre visita y visita a su consulta. He tenido tiempo de hacer más investigaciones por mi cuenta. Muchos hilos atados a mis sueños me habían alarmado y me desconcertaban. ¿Qué ocurrió, por ejemplo, en Innsmouth en el año 1928 para que el gobierno federal hiciese explotar grandes cargas en el Arrecife del Diablo, en la costa atlántica, cerca de esa ciudad? ¿Qué es lo que había en ese pueblo de la costa que dio lugar a la detención y consecuente desaparición de casi todos los ciudadanos? ¿Y qué lazo unía a los polinesios y a la gente de Innsmouth? Además, ¿qué fue lo que descubrió la expedición Miskatonic Antartic de 1930-31 en las Montañas de la Locura, de tal naturaleza que se ha mantenido en secreto para todo el mundo excepto para los sabios de la universidad? ¿Cómo explicar la narración de Johannsen sino como un relato corroborativo de la leyenda de la Gran Raza? ¿Y no ocurre lo mismo con las antiguas ciencias de las naciones Incas y Aztecas?

»Podría continuar así durante muchas páginas, pero no hay tiempo. He descubierto datos de esos inquietantes incidentes, muchos de ellos acallados para no perturbar a un mundo cargado de problemas. El hombre, después de todo, es sólo una pequeña manifestación en la faz de un solo planeta en uno solo de los muchos universos que llenan el espacio. Solamente la Gran Raza conoce el secreto de la vida eterna, moviéndose en el tiempo y en el espacio, ocupando un lugar después de otro, convirtiéndose en animal, vegetal o insecto, según las circunstancias. Debo darme prisa. Tengo tan poco tiempo... Créame, mi querido doctor, sé lo que escribo...»

No me sorprendió mucho recibir esta carta, pues sabía por la señorita Abigail Piper que su hermano había sufrido una «recaída», al parecer pocas horas después de escribir esta carta. Me apresuré a ir a casa de los Piper. En la puerta me encontré a mi paciente. Estaba completamente cambiado. Demostró tener una seguridad en sí mismo que no había tenido durante su visita a mi consulta ni en ningún momento desde el día que le conocí. Me aseguró que por fin había logrado el control sobre sí mismo, que las visiones a las que había estado expuesto habían desaparecido, y que ahora podía dormir libre de esos sueños que tanto le habían molestado. Desde luego, no podía dudar que se había recuperado, y no me era posible comprender por qué la señorita Piper me había escrito esa nota desesperada, a menos que se hubiese acostumbrado a que su hermano se hallase en un estado desconcertante y que hubiese confundido su mejoría con una «recaída». Esta recuperación era extraordinaria, ya que el incremento de su miedo, sus alucinaciones, su intenso nerviosismo y finalmente su rápida carta indicaban, con la misma evidencia que un síntoma físico indicaría una enfermedad, el derrumbe de su precario estado mental.

Me satisfacía esta recuperación; y le felicité. Aceptó mi felicitación con una sonrisa débil, y luego se excusó diciendo que tenía mucho que hacer. Le prometí telefonear una vez a la semana, más o menos, para vigilar cualquier retorno a la sintomatología de su desesperado estado anterior. Diez días después le vi por última vez. Le encontré amable y cortés. La señorita Abigail Piper estaba delante, algo turbada, pero sin lamentarse. Piper no había vuelto a tener visiones o sueños, y era capaz de hablar con franqueza de su «enfermedad», desaprobando cualquier mención de «desorientación» o «desplazamiento» con una insistencia que sólo podía interpretar como un ansioso deseo por su parte de que yo borrara de mi mente todas aquellas impresiones. Pasé una hora muy agradable con él; pero no podía escapar a la convicción de que, mientras el hombre preocupado que había conocido en mi consulta era un hombre de una inteligencia pareja a la mía, el «recuperado» Amos Piper era un hombre de una inteligencia muy superior.

En el momento de mi visita, me impresionó el hecho de que se estaba preparando para unirse a una expedición a la región del Desierto Arábigo. No se me ocurrió entonces relacionar sus planes con los curiosos viajes que había realizado durante sus tres años de enfermedad. Pero los hechos posteriores me hicieron recordarlo. Dos noches después, entraron en mi consulta y la saquearon. Todos los documentos originales pertenecientes al caso Amos Piper habían sido robados de los archivos. Afortunadamente, movido por una intuición que no podría explicar, había hecho copias de los más importantes relatos de sus sueños, así como de la carta que me escribió al final, que también había desaparecido. Los documentos no podían tener valor para alguien que no fuese Amos Piper, y Piper estaba ya supuestamente curado de su obsesión, así que la única explicación de este extraño hurto era tan rara que me resistía a admitirla. Además, me enteré de que Piper salía para su viaje al día siguiente, lo que establecía la posibilidad de ser el instrumento -escribo «instrumento» deliberadamente- del robo.

Ahora bien, un Piper curado no podía tener razón alguna para desear de forma tan manifiesta que los datos permaneciesen en su poder. Y en cambio, un Piper «recaído» tendría todos los motivos para desear que estos papeles fuesen destruidos. ¿Cabía suponer que Piper había sido desplazado nuevamente? En este caso, el hecho no habría sido tan obvio como la vez anterior, porque la mente que desplazaba la suya para cobijarse en su cuerpo lo conocía ya y no habría tenido necesidad de acostumbrarse otra vez a los hábitos y formas de comportamiento del hombre... Por increíble que pareciera esta hipótesis, trabajé en ella iniciando unas investigaciones por mi menta. Mi intención era, en principio, pasar una semana -posiblemente dos- buscando respuesta a algunas de las preguntas que Amos Piper me había hecho en su carta. Pero unas semanas no fueron suficientes; el trabajo se prolongó durante meses, y a finales de año estaba más confundido que nunca. Además me encontraba en el borde del mismo abismo en el que había caído Piper.

Pues algo había pasado en Innsmouth en 1928, algo que había ocupado al gobierno federal, y acerca de lo cual nada podía averiguarse, excepto los vagos y terroríficos indicios de una relación con los batracios de Ponapé. Y había extraños y alarmantes descubrimientos en algunos de los templos de Angkor-Vat, descubrimientos que estaban relacionados con la cultura de los polinesios así como de algunas tribus indias del noroeste americano, y de otros descubrimientos hechos en las Montañas de la Locura por una expedición de la Universidad de Miskatonic. Había relatos de incidentes similares, todos ocultos en misterio y oscuridad. Y los libros -los libros prohibidos que Amos Piper había consultado- estaban en la Biblioteca de la Universidad de Miskatonic, y lo que en esas páginas leí resultaba horriblemente sugestivo a la luz de lo que había dicho Amos Piper, y de todo lo que posteriormente comprobé. Lo que allí se exponía, aunque indirectamente, era que en algún lugar existió una raza de seres infinitamente superiores -llamémoslos dioses o la Gran Raza, o con cualquier otro nombre- que trasladaban sus mentes libres a través del tiempo y del espacio. Y si esto era aceptado como una premisa, entonces podía ser también cierto que la mente de Amos Piper había sido de nuevo desplazada por una mente de la Gran Raza, enviada a investigar si todos los recuerdos de su estancia entre ellos habían sido borrados.

Pero los hechos más inquietantes de todos son los que han ido saliendo a la luz gradualmente. Me tomé la molestia de indagar cuanto podía descubrir acerca de los miembros de la expedición al Desierto Arábigo a la que Amos Piper se había unido. Venían de todos los rincones del mundo, y eran todos hombres de los que podía esperarse que tuvieran un interés especial en una expedición de esta naturaleza: un antropólogo inglés, un paleontólogo francés, un sabio chino, un egiptólogo, y muchos más. Y supe que cada uno de ellos, al igual que Amos Piper, había sufrido en algún momento durante la última década algún tipo de ataque, descrito variadamente, pero que innegablemente consistía en un desplazamiento de la personalidad, lo mismo que Piper.

En alguna parte de esas remotas tierras del Desierto Arábigo ¡la expedición entera desapareció de la faz de la tierra!

Fue quizá inevitable que mis persistentes investigaciones provocasen interés en sectores ajenos a mí. Ayer un paciente vino a mi consulta. Había algo en sus ojos que me hizo pensar en Amos Piper, la última vez que le vi: una superioridad condescendiente, altiva, que me hizo encogerme de miedo, así como cierta torpeza en sus manos. Y ayer por la noche volví a verle, pasando bajo la farola de la calle de mi casa. Otra vez esta mañana, como un hombre que estudia a otro, y a sus hábitos, por alguna razón enrevesada para ser conocida por su víctima...

Y ahora cruzando la calle... Las hojas sueltas del anterior manuscrito fueron encontradas en el suelo de la consulta del doctor Nathaniel Corey, cuando su enfermera acudió a la policía a causa de unos ruidos alarmantes tras la puerta de la consulta, que estaba cerrada. Cuando irrumpió la policía, el doctor Corey y un paciente no identificado estaban arrodillados, intentando en vano empujar las hojas hacia las llamas de la chimenea situada en la pared norte de la habitación.

Los dos hombres parecían incapaces de agarrar las hojas, pero las empujaban hacia delante con un movimiento similar al de los cangrejos. Ajenos a la presencia de la policía, se ocupaban sólo de la destrucción del manuscrito y persistían en sus esfuerzos poco naturales para conseguirlo con histérica precipitación... Ninguno fue capaz de dar una explicación inteligible a la policía o a los médicos asistentes, ni era coherente lo que decían. En vista de que, tras un examen minucioso, ambos parecen haber sufrido un profundo cambio de personalidad, han sido trasladados para internamiento indefinido al Instituto Larkin, el famoso sanatorio privado para enfermos mentales...


jueves, 22 de agosto de 2013

Leopoldo María Panero - Pavane pour un enfant défunt

Pavane pour un enfant défunt
por Leopoldo María Panero




A mi tía Margot 

Se diría que está aún en la balaustra del balcón
mirando a nadie, llorando.
Se diría que eres aún visto como siempre
que eres aún en la tierra un niño difunto.
Se diría, se arriesga
el poema por alguien
como un disparo de pistola,
en la noche, en la noche sembrada
de ojos desiertos, los ojos solos
de monstruos. Todos nosotros somos
niños muertos, clavados en la balaustra como por encanto,
como sólo saben esperar los muertos.
Se diría que has muerto y eres alguien por fin,
un retrato en la pared de los muertos,
un retrato de cumpleaños con velas para los muertos.
Pero a nadie le importan los niños, los muertos,
a nadie los niños que viajan solos por el país de los muertos,
y para qué, te dices, abrir los ojos al país de los ciegos,
abrir los ojos hoy,
mañana, para siempre. Era mejor Oeste, tierras vírgenes,
héroes en los ojos
de un cine desesperado, y los dioses que matan a los
hombres feroces,
los dioses más feroces que los hombres
los dioses crueles de la infancia, los dioses
de la inocente crueldad, pensabas que se alimentan de ciegos
y de quienes mendigan su ser en una picaresca sórdida,
si hombres hay, homicida. Pero aventura no hay, lo sabes,
más que por alguien, para alguien, como un poema,
como el riesgo de un vuelo en el aire sin tránsito. Y es por ello
por lo que no hay infancia en el país desierto. Por ello también
por lo que nadie podría jamás sospechar que conservas esa
belleza demente de la infancia, ese furor contra lo útil de tu cuerpo,
y esa mudez en los ojos, esa belleza
sólo vendible al cielo del suicidio, sólo a esos ojos: esa existencia.
Pero la vida sigue como el puente de Eliot,
como un puente de muertos o un flujo
de sombras que se cogen
de la mano ciega en el lodo para saber que están muertos y viven.
Esa vida de la que hablan
en el infierno, entre sí los muertos, los alucinados, los absurdos,
los orgullosos sonámbulos disputando con sangre
una certeza alucinante; es un fuerte dios pardo.
Una basta tragedia que hacen
por navidades, los viejecitos, los difuntos,
con personas de olvido, con máscaras y ritos de otros tiempos,
rótulos de neón y fuegos fatuos: así obra desde entonces,
desde entonces, esa raza
misteriosa que pasa a tu lado sin mirarte o mirarse,
desde entonces, desde el día primero
en que te asomaste con pánico a su delirio. Desde que viven, quizá,
desde que no hay tiempo sino destino y trazo
de vida invulnerable a la decisión de una mirada fuerte.
Quien es visto o quien cae en ese río sordo
es lo mismo, es un muerto
que se levanta día tras día para
mendigar la mirada.
Porque todos llevamos dentro un niño muerto, llorando,
que espera también esta mañana, esta tarde como siempre
festejar con los Otros, los invisibles, los lejanos
algún día por fin su cumpleaños.